Son muy claros mis principios y trabajo constantemente desde muchos frentes diferentes 

Desde muy chica me ha gustado escribir y cuando se dio el momento de definir qué carrera estudiar yo creo que me faltó tiempo para explorar y conocer más las opciones que había. Ahora pienso que hubiera estudiado Letras. En esa época mi tío abuelo Paulino fue quien me sugirió estudiar Comunicación y sin pensarlo mucho decidí hacerlo en la UAM-X, que en ese entonces era la unidad más pequeña, así que en su cafetería hice amigos de Medicina, Veterinaria, Diseño Industrial, Química… algunos de los cuales todavía conservo. De la carrera propiamente no éramos muchos, pero era un grupo heterogéneo. Había algunos, amigos entre sí, que se distinguían de los demás por su arrojo y su gran capacidad creativa. Mis amigas cercanas y yo los admirábamos mucho e incluso, en ciertas ocasiones nos imponían. María Inés, o Manés como le decimos de cariño, era parte de ellos. En una ocasión me tocó trabajar con ella en el taller de radio y, gracias a su forma de ser, me relajé y lo hicimos muy bien. También recuerdo otra vez que, en una clase, nos compartió la historia de su papá, que le arrebató la dictadura en Argentina. Me impresionó mucho y le reconocí gran fortaleza. Al salir de la universidad todos nos desperdigamos por diferentes lados y una vez, visitando a mi amiga Tey en el Instituto Mexicano de Tecnología del Agua (IMTA) en Morelos, donde habían ido a parar varios, me la encontré. En su caso no trabajaba directamente para el IMTA, sino en un proyecto relacionado con el Programa de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), que había aportado fondos para ello, lo que también era muestra de su gran ímpetu. 

Luego, como ocurre en esta ciudad y antes de la era de las redes sociales que nos mantienen conectados –o en la apariencia de estarlo–, nos dejamos de ver por largos años. Me llevé una gran y bella sorpresa cuando, en una de las clases de música de bebés de Artene a las que llevaba a Matías, ella llegó para una clase de muestra con su hija Verónica, de la misma edad de mi pingo. Más sorpresa me llevé cuando otro día, muy tempranito, bajamos casi al unísono de nuestros respectivos coches a dejar a ese par de críos en el Montessori al que iban de muy chiquititos. Desde entonces ella y Vero son parte regular de mi vida, porque más allá de los amigos de generación de pronto ya éramos parte de grupos afines de mamás y luego se fueron dando otras coincidencias. Después de cursar primaria y secundaria por separado, el pasado año lectivo Vero y Matías se encontraron en el taller de teatro de la preparatoria, aunque Vero concluyó esa fase antes porque Matías hizo en la primaria un año de pre-first.  

Algo que siempre le he reconocido y admirado es su congruencia, entre las ideas sociales en las que cree y los hechos que realiza. No creo que sea fácil, implica compromiso y esfuerzo. Después de años luz de que salimos de la UAM-X (je je) me encanta que sea parte de mi vida, porque la quiero mucho, pero también porque reconozco que puedo aprender mucho de ella. 

Image Not Found

Querida Manés, ¿cómo estás en esta etapa de tu vida? 

En una etapa especial, porque tengo una hija adolescente y, por otro lado, un sentido de responsabilidad respecto a la generación que me antecede, como lo fue mi mamá y ahora mi padrastro, porque mi papá falleció. Hay una parte en lo personal donde siento que me jalonean las energías, y coincide un poco con la menopausia o el principio de la menopausia, que no creo que sea un tema menor. Todo esto me implica un ajuste de prioridades. También es una etapa donde me doy cuenta de que es mucho lo que he conseguido y eso para mí es más nutridor, que son los vínculos creativos, las complicidades profesionales e ideológicas. Estoy en una edad en la que entendí que vivimos en una entropía y que hay que trabajar mucho para que esa entropía sea siempre positiva o, la mayor parte de las veces, para equilibrar. Son muy claros mis principios y trabajo constantemente desde muchos frentes diferentes: en la educación de los hijos, la vida cotidiana en casa, en la pareja. A veces eso cansa, pero en general el balance es sentirme muy plena, muy consciente de que no hay que desperdiciar la vida, pero tampoco quiere decir que aprovecharla sea estar corriendo todo el tiempo. 

Platícame cómo es la relación que tienes con tu cuerpo… 

Decidí dejarme las canas. Históricamente la gente me dice que no aparento mi edad, siempre me pareció un gran halago, pero, de pronto, empezó a pesarme un poco. Necesito que me vean como una mujer de cincuenta años, porque implica que los que son menores tendrán que hacer ciertas cosas que yo no puedo hacer. Porque me muevo en un circuito de gente muy joven, lo cual es fantástico, divertido, increíble y creo que, además, ayuda mucho a la supervivencia en muchas cosas, salvo lo intelectual. Por otro lado, en esta cuestión de la premenopausia, una de las expresiones fue un desorden hormonal de tiroides y perdí mucho cabello, a eso súmale el tinte y es un desastre. El día tiene 24 horas y ya no tengo ganas de pasarme una hora y media, ni siquiera cada dos meses, en arreglarme el cabello. Si bien me gusta esta parte de la cultura que le da un lugar a la belleza y al arreglo personal, está la otra que se cuestiona y dice: “Es una pérdida de tiempo”. El envejecimiento va a suceder. El vitíligo me apareció hace unos años, es una enfermedad de la que no me voy a morir, podría medio volverme loca en ir a ver a éste o aquel, al medio brujo o al dermatólogo, pero no tengo tiempo, ni tengo ganas. Prefiero poner esa energía en otras cosas, como pasar tiempo con mi hija. 

¿Qué opinas de estos nuevos cincuenta? 

Al llegar a los cincuenta, me hace mucha gracia escuchar a la gente joven utilizar la palabra “señora” como algo definitorio, o sea, “se viste como señora”, “es una señora como de cincuenta años”. Yo me río, son mis compañeros y digo: “Aquí yo soy la señora de cincuenta años, apunten de otra manera”, porque son otras las cosas que nos definen. 

¿Qué ves cuando te miras en el espejo? 

Me veo bien. Aun siendo una persona que nunca le dio demasiada importancia al deporte, que no tengo ese hábito y que nunca fui vegetariana o ese tipo de cosas, me veo bien. Siempre he pensado que podría tener 3 kilos menos, o algo así, pero no me obsesiona. 

¿Cuál ha sido tu experiencia en lo que se refiere a la equidad de género? 

No he estudiado al feminismo en profundidad como para tener una postura documentada. He vivido el feminismo más desde el lado de las feministas, siempre, porque mi madre era una feminista natural por generación, por lo que le tocó vivir. Creo que es válido siempre y cuando sea ese feminismo, que es claramente político, y desde una postura que crítica al sistema económico, como un sistema de clases y de dominación. No quiere decir que porque usemos esta palabra ya estemos todas de acuerdo; sí crítico las banderas cuando son utilizadas como forma de exclusión, y ahí empiezo a decir: “¡Ups!”. 

¿Qué papel tiene en tu vida la pareja? 

Tuve una sola pareja que duró casi seis años, que es el padre de mi hija, y otras que duraron muchísimo menos. Siempre me costó mucho la convivencia, porque esperaba muchísimo de la pareja, en cuanto a expectativa de compañerismo, incondicionalidad, lealtad al proyecto, comunicación, compenetración… Nunca encontré a la persona que cubriera todos esos requisitos; no me funcionaba, ya no me gustaba cómo estaba la relación y a la chingada. Tengo muy buenos ex novios o ex relaciones, pero la convivencia me dejó frustrada, hasta que dije: “No hace falta convivir”, porque me ceñí a un modelo convencional y no supe crear un modelo que me funcionara a mí. Ahora sí tengo una relación que no es menor, es una relación importante, pero no existe el proyecto de convivir. Sabemos que la posibilidad de seguir teniendo una buena relación en parte está apoyada en que cada uno tiene su casa, porque además tenemos hijos y los hijos tienen necesidades diferentes. Yo empecé todas las relaciones diciendo: “Ni se te ocurra pensar que vas a vivir conmigo algún día”. Es algo que me imagino para la vejez, vejez, o sea, compartimos enfermera en buena onda y la economía se redujo y tal, pero por lo pronto no es una posibilidad. Sin embargo, sí tengo una buena relación. 

¿Cuáles han sido los desafíos para educar a tu hija? 

Para mí la educación de Verónica me resulta bastante sencilla, por mi labor de educadora de jóvenes utilizando el documental y por todas estas discusiones sobre lo que es género, identidad, derechos, territorio. Son temas que están todos los días en mi léxico y en mi ejercicio, entonces, puede que la acose un poco de más. Es posible que me hubiera costado mucho más trabajo educar a un varón, porque además fui educada por una mujer sola. En mi caso, el padre de Verónica hace un muy buen contrapeso. No tenemos diferencias ideológicas, hay muchísimo acuerdo en los principios, entonces no tengo nada que me estorbe y va siendo muy disfrutable. 

¿Cuál es tu percepción de la sensualidad? 

Para mí tiene más que ver con la comunicación y con la posibilidad del encuentro. Me puedo enojar mucho si mi pareja no es consciente de que no se trata nada más del encuentro sexual, sino de compartir, hablar, acordarse, pasear, apapacharse. Un contacto que va de todos los niveles. Es un poder de convencimiento y seducción. 

¿Cómo ha sido en tu caso la vivencia de lo femenino? 

Durante mi crecimiento me tocó estar en un circuito de gente alternativa, contestataria. Chavos con pelo largo, con arete. Fui de las chavas que se cortó el pelo muy corto y me lo pinté a los veinte años con mechones rojos, entre el territorio del rock y del punk. Aunque yo fui a la universidad y era bien portada, estéticamente y en cuanto a batalla cultural, venía de ahí. No siento que renunciamos a vernos guapas, sino que decidimos qué queríamos mostrar y cuándo. Tengo incorporada la ropa y el arreglo personal como parte de un lenguaje de comunicación no verbal. Oscilo entre qué necesito en cuestión de mis objetivos del día y qué me queda físicamente cómodo. Lo veo como disfraces y también tiene mucho que ver con mi estado de ánimo. Me doy cuenta de que salgo mucho más arreglada cuando estoy triste o un poco desanimada. Es una cuestión muy irregular. Compro ropa usada. Puede que gaste en un tejido a mano diseño de una amiga o en prendas de diseñadores jóvenes de México o Argentina. Acumulo y uso ropa que puede tener treinta años o más, porque tengo ropa de mi abuela. En mi economía sí me cuido la piel de la cara, encontré un lugar con una mujer que es bioquímica, dedicada a la salud de la piel y que no tiene conservadores ni cosas raras. 

¿Hay miedos? 

Tengo miedo a la falta de protección en la vejez. Empiezo a ver como un problema el hecho de no haber logrado un trabajo estable que me de una pensión, una jubilación. Me comienzo a preguntar si no voy a ser una carga para mi hija cuando tenga setenta o setenta y cinco años. Parece un razonamiento hasta de auto sabotaje, porque esa preocupación te consume y te pone tensa: “¿Cómo voy a manejar el momento en que yo empiece a generar menos dinero? ¿Cómo encontrar maneras de poder ahorrar para mi vejez? ¿Qué hacer cuando Verónica esté en otro momento y necesite otras cosas y yo me tenga que administrar de otra manera? ¿Qué va a pasar cuando tenga que dejar sin trabajo a una persona que ahora trabaja conmigo?”. Eso no me gusta, eso me molesta, eso me pesa. No deja de existir una sensación como de orfandad, porque mi familia cercana es muy, muy chiquita. Llegué a México a los diez años, y si por las razones que fueran tuviera que irme, lo más probable es que me iría a la Argentina, por ese tipo de razones, por los afectos incondicionales. Si el mundo se va a caer, que caiga en blandito. 

¿Y retos? 

Ser más coherente entre lo que pienso y lo que hago y la distribución del tiempo. Ahí el reto es otro, bajarle a la exigencia, respirar hondo y disfrutar más. Poder estar conectada con el día a día desde un lugar creativo, positivo, sin desquitar la carga de los sueños no cumplidos, para que dejen de ser una frustración y decir: “Está padre lo que soy, lo que hago”. Hay poco tiempo, vamos a pasarla bien. 

¿Hay espacio para lo espiritual? 

Soy estructuralmente atea. Entiendo lo espiritual como esa cuestión de equilibrio físico-emocional-intelectual, por decirlo así. 

Image Not Found

2 Comments

  1. Maravilloso proyecto sobre mujeres increíbles. Tengo el placer de conocer a un par de ellas, admirables y admiradas. ¡Felicidades!

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *